viernes, 1 de enero de 2010

Yapatera, la riqueza cultural de un poblado afroperuano


En foto: El novel escritor Abelardo Alzamora, al lado de Changó, escultura tallada en madera de algarrobo.

En foto: La investigadora Milagros Carazas en Yapatera.


En foto: de izr. a derecha: Abelardo, Milagros y el insigne escritor don Fernando Barranzuela en Yapatera.


Como es sabido, la poeta Tania Aguero Dejo y la investigadora sanmarquina Milagros Carazas, continúan su viaje más al norte del país, internándose en las comunidades afroperuanas, esta vez se dirigen a Piura.


Lunes 28 de diciembre de 2009

El viaje es cansado. el trayecto de Chiclayo a Piura se recorre en tres horas y de ahí a Chulucanas una hora más. El calor es cada vez mayor, implacable. Sin embargo, el visitante se sentirá recompensado con la belleza natural de la zona, los algarrobos son numerosos, los rebaños de cabras, vacas y ovejas aparecen en el camino. Las casas son distintas, llevan tejas en los techos y están hechas de cañas. Son simplemente encantadoras. Pero ese encanto rápidamente se acaba al ingresar a la ciudad, ya que las mototaxis son bulliciosas y contaminan progresivamente la zona. Después compruebo que para salir bien librado del cruce de una calle en Chulucanas es necesario esquivar motos y bicicletas. Parecen competir entre ellas, sin respetar el paso peatonal, casi siempre están apurados sus choferes. ¿Por qué la prisa?
Después de alojarnos en un hotel damos un paseo, la plaza principal tiene un diseño en el que el visitante se siente cómodo porque armonizan muy bien los enormes árboles, las enredaderas floridas y las bancas numerosas. El problemita es el ruido generado por las motos que no dejan escuchar a las aves ni los pensamientos. ¡Grrrrr! Al lado está la iglesia principal, la imagen de la familia sagrada es hermosa e inusual. Creo no haber visto una como ésta antes. Pero ya es tiempo de ir a descansar.


Martes, 20 de diciembre de 2009

Como es de costumbre nos hemos levantado temprano; sin embargo, TAD se queja de que me demoro mucho en acicalarme, que soy como una gata, lo cual es cierto así que ¡Miauuuu! Por fin, en Yapatera. Está muy cerca de Chulucanas, a un paso. Lo curioso y contradictorio a la vez es que al llegar se tiene la impresión que se ha cruzado la frontera temporal. Las casas son a dos aguas, con tejas rojas, hechas de barro y caña, rodeadas de algarrobos, así que hay muchas aves, como la chilala que nos da la bienvenida o el chisco que parece jugar a las escondidas. Las calles aunque polvosas y sin asfalto son simplemente encantadoras. La actual comisaría apenas en la entrada del poblado era la antes casa-hacienda, hoy está deteriorada y próxima a derrumbarse, afortunadamente existe un proyecto dorado de convertirla en un museo afroperuano. Este es el deseo del escritor novel Abelardo Alzamora.
A las 10:00 a.m. llegamos a su casa, como sucede aquí las puertas están abiertas, entonces basta con anunciarse. Él nos recibe muy efusivo con nuestra visita. Es muy conversador además. Una a una nos muestra sus artesanías, las máscaras de madera muy coloridas, los libros y demás. Tiene muchos proyectos para su localidad. Creo que lo que más me impresionó fueron dos objetos. Primero, un cepo enorme y añejo que nos recuerda la esclavitud y el sufrimiento de nuestros antepasados y, segundo, una reproducción del oricha Changó tallado en madera de mango. La conversación se extiende hasta después del almuerzo. Hay tanto de que hablar, sobre todo de los problemas de este poblado y la desidia de las autoridades de turno. Concluimos que Yapatera pasa cada año por varias plagas de insectos, sapos, etc. Cada año es igual o peor, el poblador se repone y sobrevive a cada tormento de la naturaleza, incluso al fenómeno del Niño.
Ha bajado el calor, bueno, sólo un poco. Salimos a caminar, queremos conocer más de Yapatera. En la plaza principal ubicamos la casa del insigne Fernando Barranzuela. Estoy contenta de estrechar su mano. Es un hijo de Yapatera, nacido en 1933, y reconocido por sus cumananas. Él recuerda a los antiguos, que en una chichería de las de antes, se reunían para beber chicha y conversar, al ritmo del cajón y la guitarra, competían unos con otros hasta el amanecer. Don Fernando era apenas un niño entonces y se quedaba dormido en la entrada de local, escuchando o, más bien, aprendiendo; soñando ser como ellos cuando grande. Hoy es una anciano altanero, prestigioso y piropeador. Recitó algunas cumananas añejas y otras de su propia composición para nosotras. En realidad, quería quedarme más tiempo pero una llovizna amenazaba con repetirse, así que regresamos al hotel. El atardecer en Yapatera es inigualable: el sol anaranjado en el horizonte, las nubes grises abrazándolo poco a poco, el canto de despedida de las aves que se guarecen en los algarrobos y el viento soplando en el rostro. Esta es una imagen que deseo recordar siempre. Para terminar, un museo en Yapatera puede que sea un sueño casi una locura hoy, pero en dónde más se puede conservar su riqueza cultural. Ojalá que la siguiente vez que regrese ya pueda visitarlo, sería un notorio logro de Yapatera y se lo merece.

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